La Bohème en el Teatro Victoria, crítica.

“Dos Musettas, dos Rodolfos y Mimì”

La Bohème (Giacomo Puccini). Teatro Victoria, 15/05/14. Elvia Sánchez (Mimì), Javier Franco (Marcello), Vicente Ombuena/Miguel Borrallo (Rodolfo), Paloma Friedhoff (Musetta), Carlos Guttenberguer (Colline), Jaime Carrasco (Schaunard), José Antonio Carril (Benoît/Alcindoro), Ricardo Pérez (Parpignol), Alfonso Esteve (Aduanero). Mariano Rivas (Dir. Musical), Juan Manuel Cifuentes (Dir.Escena)

Estas representaciones de uno de los títulos puccinianos más reconocidos de la historia, cierran el ciclo lírico de ópera que la joven asociación Ópera de Madrid está llevando a cabo en el Teatro Victoria, a escasos metros de Las Cortes y el Teatro de la Zarzuela. Partir de cero con unos cuerpos estables, entre los que se encuentran algunos de los artistas jóvenes españoles con mayor proyección peninsular, es algo faticoso. Es por ello que siempre que se nos presenta una propuesta así, el interés por ver la evolución de sus carreras, aumenta. Como ya sucediera con el Rigoletto con el que empezó esta andadura, con un nivel interesante, se dispuso de tres repartos (cuatro en algunos papeles) para la obra del maestro de Lucca.

La producción creada por el actor, últimamente reconvertido en tenor cómico, Juan Manuel Cifuentes, nos presenta la típica estancia (que no Buhardilla) parisina, desde la que se ve el estudio de los pintores y la calle trasera, cambiando de decorado en el tercer acto, cuando Rodolfo y sus amigos han de mudarse a una pequeña posada por gentileza de un tabernero de la zona. Una producción de corte clásico en tiempos difíciles para los teatros y la reducida capacidad del Victoria, si bien resulta adecuado y agradable a la vista del público.

El director de orquesta Mariano Rivas volvió a cuajar una labor de alta calidad con una agrupación reducida, aún sin contar con foso, uno de los mayores peligros ante los que nos podemos encontrar. Llevar a buen puerto una orquesta de tradición claramente entrada en el romanticismo, con sonidos puramente descriptivos, al mismo nivel que la platea, sin pasarse decibelios, es uno de sus logros. Destacamos por encima el buen nivel de las flautas y el arpa, atentas a cada entrada del maestro, así como los primeros violines. La percusión se mantuvo dentro de un orden, a excepción de algún platillo algo rudo en los cierres de acto, y los violonchelos ofrecieron atractivo fraseo y un pronunciado vibratto. Todos ellos además, muy jóvenes, compaginando su vida profesional con sus estudios de conservatorio.

De Elvia Sánchez habíamos oído fragmentos sueltos en alguno de los recitales de Operaestudio que organiza cada verano la Universidad de Alcalá de Henares y en un cometido como el de Mimì satisfizo las expectativas. Nos encontramos ante una cantante imaginativa en cuanto a variedad de colores y expresividad vocal. Su aria de presentación estuvo muy bien recreada, el legato fue elegante y la octava superior está saneada y libre. Emotiva su despedida (“Donde lieta uscì”), con agudos brillantes y colocadísimos. Toda una revelación el último acto, cuajando una bonita interpretación entre la media voz y una presencia escénica muy estudiada.

Vicente Ombuena se encargó de la parte de Rodolfo y desde el comienzo se le vió visiblemente afectado de un catarro que le impidió terminar la función, siendo sustituido por Miguel Borrallo, el cual tuvo que venir literalmente desde su casa para terminar los actos tercero y cuarto. Por razones lógicas, nos es imposible valorar la actuación del valenciano al no encontrarse en plenitud de facultades. Pero podemos decir que la voz sigue siendo bella en toda la zona central y primer agudo. En en el primer acto fue valiente en el aria, yéndose al Do# optativo, aunque quedó desdibujado. Siempre y cuando no pasara del La natural se pudo apreciar un sonido pastoso y oscuro y cierto metal en los ataques al registro superior. Sabiamente prefirió no irse al agudo en el dúo con la soprano, tampoco escrito, lo que evitó mayores complicaciones. Le deseamos una pronta recuperación y agradecemos el esfuerzo. Mismo esfuerzo el de Borrallo, al que hace semanas veíamos como Arlecchino en el Teatro de la Zarzuela. Así las cosas, fue de largo el mejor actor de la noche y el que mayor intensidad dio a su personaje. Además de una resolución técnica del pasaje y agudo solvente, con sonidos de enorme brillantez, se permitió meter filados, aligerar la emisión y cuajar dos buenos dúos con Javier Franco. El coruñés ya fue Rigoletto hace un par de meses. Si en aquella ocasión no nos convenció su pasotismo en escena, únicamente olvidado en el “Cortiggiani”, aquí hizo un buen tour de force en un papel desprovisto de arias pero en continua actividad. Poseedor de un instrumento importante en robustez, facilidad de emisión (sol, sol#) y carácter. Nos gustó especialmente en su segundo dúo con Rodolfo y su intenso duelo con Musetta.

Prevista la canaria Judith Pezoa, tuvo que ser remplazada por Paloma Friedhoff, a la cual pude oir remplazando a otra compañera en el Rigoletto que presentaron hace unas semanas. Como Musetta, rol que debutaba, no pudo demostrar todo el potencial que posee. El timbre juvenil, con un punto de vibratto, perdía armónicos en un papel de escritura mucho más grave grave, que cubre con solvencia restando luminosidad. La línea de canto está bien sujeta sobre la columna de aire y le deja perfilar frase de altísimo vuelo como en la escena final antes de la muerte de Mimì, así como en el cuarteto de amantes. En papeles que se adecuan más a sus características vocales (como esa Gilda) dará que hablar.

Mayor profesionalidad ofrecieron los comprimarios, sobre todo Jaime Carrasco y Alfonso Esteve , dos voces graves con solidez en la parte media/baja de la tesitura y mucho gusto en el decir.

Autor: Arian Ortega.

Leo Nucci enciende el ciclo de Lied, crítica.

Minientrada

“LEO NUCCI, IL LEONE DI BOLOGNA”

Recital VII del  XX Ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela de Madrid, 06/05/14. Obras de Tosti, Morricone, De Curtis, Falvo, Verdi, Rota, Buzzi-Peccia y Leoncavallo. Leo Nucci (barítono). Italian Chamber Ensemble.

Hoy se cumple una semana desde que el prestigioso ciclo de lied y canción del Teatro de la Zarzuela, el cual celebra su vigésima edición, diera un vuelta de tuerca y se encendiera como hacía tiempo no sucedía. La culpa la tuvo un caballero italiano que pasados los 70, sigue causando aunténticas marejadas en cada una de sus actuaciones. Leo Nucci venía a Madrid después de su recital en el ya extinto ciclo de Grandes Voces del Teatro Real, en la última etapa de Antonio Moral como director artístico. El mismo que tras su exitoso Rigoletto del 2009, decidió invitar al cantante bolognese de nuevo, en un enclave muy alejado de su habitual presencia y desenvoltura escénica. Cuando el pasado verano tuve ocasión de entrevistar a Moral en su despacho del Auditorio Nacional, sacamos a colación este extraordinario recital que se salía de la norma, sobre todo en un ciclo que en sus últimos tiempos a visto desfilar a una serie de cantantes de corte clásico, modestas formas y sonidos preestablecidos y medidos al extremo. Y dejaba caer, sin sorpresa por otro lado, que todo aquello que pasara fuera del programa oficial, estaba lejos de su alcance de maniobra.

Lo que iba a ser un recital de las canciones de cámara de Giuseppe Verdi, que algunos ya le pudimos oir al mismo Nucci en Vigo hace casi un lustro, dió paso a una selección de canzonetti italianas de bellísima escucha, junto a selecciones orquestales de las más famosas bandas sonoras del cine americo-italiano, compuestas por esos genios llamados Ennio Morricone o Nino Rota. La agrupación que arropaba a Nucci se defendió con delicadeza en los pasajes de La dolce vita, C’era una volta in America u Otto e mezzo, entre otras. Además, la selección de canciones se ejecutaron con arreglos del pianista Paolo Marcarini, quien ya fuera ayudante del maestro en Vigo así como en su gira por diversas ciudades europeas y similar- con escenas de ópera incluidas- programa. El conjunto dispuso dos violines, una viola, un violonchelo y arpa, destacando en los pasajes solistas, dejando entrever unos aires de vieja escuela tan profesionales como anclados en una época pasada sin retorno posible.

Y en medio de tanta familiaridad alla italiana, un barítono de los considerados de “antes”, seguidor de un estilo de canto que en una etapa fue una más y que ha ido convirtiéndose en la última gran forma del barítono verdiano auténtico, a costa de sacrificar ciertos modos hoy considerador arcaicos. Sin embargo, hay algo en ese cantante que como en el caso de un Plácido Domingo, trasciende el goce puramente sensorial que tranforma una actuación cualquiera en algo que revoluciona un teatro entero. Es verdad que en la primera canción, “Non t’amo più” la voz no respondió como debiera, apreciándose algún sonido nasalizado y fiato algo corto, así como la deliciosa “Marechiare”, si bien estuvo bien dicha en las estrofas centrales, pecó de problemas en los tresillos finales, algo atropellados. De acuerdo, todos ellos son fallos propios de los minutos que llamamos previos o de calentamiento. Una duración variable según cantante, que suele estar entre los diez y quince minutos, aunque a algunos les lleva a la última propina. No es el caso de Nucci, quien termina por convencerte a la tercera canción, contradiciendo la física y la fisionomía. La primera parte se cerró con “Dicitencello vuje” de Rodolfo Falvo, una página de mayor dificultad que las precedentes, que como no pudo ser de otra forma, se remató con un importante agudo de esos que desempolvan la tapicería del teatro hasta próximo aviso.

Y llegó el turno del esperado Verdi, del que finalmente se reprodujeron cuatro piezas. Las tres primeras, tres plegarias (Preghiera del poeta, Sgombra o gentil, Deh pietosa oh addolorata), enganchadas en una misma sin solución de continuidad, iniciadas en la penumbra del escenario y donde un Nucci más sentido, interpoló algunas frases con mucho cuidado y acentuación marcada, marca de la casa. El último Verdi, después de una divertida puesta en marcha de “Lolita”, sería “L’esule”, con clara estructura operística cerrada con la habitual cabaletta que a tantos Verdis hace referencia- tenemos recuerdos de Nabucco, Forza o Don Carlo– que hizo presagiar la tan oportuna tanda de bises, tan previsible como altamente satisfactoria.

No es ninguna icógnita apuntar que Nucci donde brilla es en ópera, y nos pareció muy acertado de comenzara con una página tan made in Nucci como su “Largo al factotum” de su incomparable Figaro. Florecieron las tablas, la voz se enmascaró y el sonido fluyó en la posición justa para encender los tendidos, llenando el escenario con su imponente presencia, sabio fraseo y una zona alta de proyección casi tenoril. Verdi no iba a quedarse en el olvido y a excepción de un bonito detalle con “Non ti scordar di me” (algo que no haremos quienes estuvimos allí) fue el protagonista del resto de la velada. La escena completa de Don Carlo (Per me giunto…o carlo ascolta…morrò ma lieto in core) fue otro momento de enorme calidad, sumo gusto y fraseo incisivo a la par que lleno de intimismo y desgarro. Pero faltaba algo, uno de esos papeles que le catapultaron a la fama y que hoy por hoy sigue siendo su caballo de batalla. Hablamos, cómo no, de su Rigoletto, del que acaba de cumplir sus 500 representaciones en la Staatsoper de Viena. Su “Cortiggiani” sigue causando los mismos escalofríos de siempre, siguen intamovibles sus tics, sus notas, su tempo, su desesperación, su petición de clemencia, su “Marullo…signore…tu che hai l’alma genitl come il core. Dimmi tu dove l’hanno nascosta” tan lleno de verdad, y en definitiva, una pieza que lleva grabada a fuego. Pero como quien no quería la cosa, Nucci se salió del guión y en un dignísimo castellano recordó aquel fatídico bis del Teatro Real, y se lamentó por no poder repetirlo a falta de una soprano. Y yo, que soy antibises, me sorprendí buscando con la mirada a Maria José Moreno, sentada a un metro de mi, deseando que terminara por desatar al público- lo suficientemente enfervorecido ya-. Pero Nucci ya la había encontrado antes, y sin calentar (en un alarde mágico sin precedentes), se dirigió al escenario, donde curiosamente estaban repartidas las partituras del famoso dúo, brillando junto a su partenaire, con el que recientemente había coincidido en Galicia, ella subiendo al mib en dos ocasiones- sí, hubo bis del bis- y él, a esos lab tan redondos, tersos y largos que tanto le gustan. Resultado: Histeria colectiva. Y aún faltaba el Di Provenza. Circo?, extravagancias?, exceso de entusiasmo?, previsible?. Es posible. Pero los aficionados del ciclo de lied, tan aparentemente encorsetados, se levantaron al únisono una vez más, recordando aquellos lejanos 90, en los que los verdadedos divos eran los otros, los cantantes.

Autor: Arian Ortega.