Leo Nucci enciende el ciclo de Lied, crítica.

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“LEO NUCCI, IL LEONE DI BOLOGNA”

Recital VII del  XX Ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela de Madrid, 06/05/14. Obras de Tosti, Morricone, De Curtis, Falvo, Verdi, Rota, Buzzi-Peccia y Leoncavallo. Leo Nucci (barítono). Italian Chamber Ensemble.

Hoy se cumple una semana desde que el prestigioso ciclo de lied y canción del Teatro de la Zarzuela, el cual celebra su vigésima edición, diera un vuelta de tuerca y se encendiera como hacía tiempo no sucedía. La culpa la tuvo un caballero italiano que pasados los 70, sigue causando aunténticas marejadas en cada una de sus actuaciones. Leo Nucci venía a Madrid después de su recital en el ya extinto ciclo de Grandes Voces del Teatro Real, en la última etapa de Antonio Moral como director artístico. El mismo que tras su exitoso Rigoletto del 2009, decidió invitar al cantante bolognese de nuevo, en un enclave muy alejado de su habitual presencia y desenvoltura escénica. Cuando el pasado verano tuve ocasión de entrevistar a Moral en su despacho del Auditorio Nacional, sacamos a colación este extraordinario recital que se salía de la norma, sobre todo en un ciclo que en sus últimos tiempos a visto desfilar a una serie de cantantes de corte clásico, modestas formas y sonidos preestablecidos y medidos al extremo. Y dejaba caer, sin sorpresa por otro lado, que todo aquello que pasara fuera del programa oficial, estaba lejos de su alcance de maniobra.

Lo que iba a ser un recital de las canciones de cámara de Giuseppe Verdi, que algunos ya le pudimos oir al mismo Nucci en Vigo hace casi un lustro, dió paso a una selección de canzonetti italianas de bellísima escucha, junto a selecciones orquestales de las más famosas bandas sonoras del cine americo-italiano, compuestas por esos genios llamados Ennio Morricone o Nino Rota. La agrupación que arropaba a Nucci se defendió con delicadeza en los pasajes de La dolce vita, C’era una volta in America u Otto e mezzo, entre otras. Además, la selección de canciones se ejecutaron con arreglos del pianista Paolo Marcarini, quien ya fuera ayudante del maestro en Vigo así como en su gira por diversas ciudades europeas y similar- con escenas de ópera incluidas- programa. El conjunto dispuso dos violines, una viola, un violonchelo y arpa, destacando en los pasajes solistas, dejando entrever unos aires de vieja escuela tan profesionales como anclados en una época pasada sin retorno posible.

Y en medio de tanta familiaridad alla italiana, un barítono de los considerados de “antes”, seguidor de un estilo de canto que en una etapa fue una más y que ha ido convirtiéndose en la última gran forma del barítono verdiano auténtico, a costa de sacrificar ciertos modos hoy considerador arcaicos. Sin embargo, hay algo en ese cantante que como en el caso de un Plácido Domingo, trasciende el goce puramente sensorial que tranforma una actuación cualquiera en algo que revoluciona un teatro entero. Es verdad que en la primera canción, “Non t’amo più” la voz no respondió como debiera, apreciándose algún sonido nasalizado y fiato algo corto, así como la deliciosa “Marechiare”, si bien estuvo bien dicha en las estrofas centrales, pecó de problemas en los tresillos finales, algo atropellados. De acuerdo, todos ellos son fallos propios de los minutos que llamamos previos o de calentamiento. Una duración variable según cantante, que suele estar entre los diez y quince minutos, aunque a algunos les lleva a la última propina. No es el caso de Nucci, quien termina por convencerte a la tercera canción, contradiciendo la física y la fisionomía. La primera parte se cerró con “Dicitencello vuje” de Rodolfo Falvo, una página de mayor dificultad que las precedentes, que como no pudo ser de otra forma, se remató con un importante agudo de esos que desempolvan la tapicería del teatro hasta próximo aviso.

Y llegó el turno del esperado Verdi, del que finalmente se reprodujeron cuatro piezas. Las tres primeras, tres plegarias (Preghiera del poeta, Sgombra o gentil, Deh pietosa oh addolorata), enganchadas en una misma sin solución de continuidad, iniciadas en la penumbra del escenario y donde un Nucci más sentido, interpoló algunas frases con mucho cuidado y acentuación marcada, marca de la casa. El último Verdi, después de una divertida puesta en marcha de “Lolita”, sería “L’esule”, con clara estructura operística cerrada con la habitual cabaletta que a tantos Verdis hace referencia- tenemos recuerdos de Nabucco, Forza o Don Carlo– que hizo presagiar la tan oportuna tanda de bises, tan previsible como altamente satisfactoria.

No es ninguna icógnita apuntar que Nucci donde brilla es en ópera, y nos pareció muy acertado de comenzara con una página tan made in Nucci como su “Largo al factotum” de su incomparable Figaro. Florecieron las tablas, la voz se enmascaró y el sonido fluyó en la posición justa para encender los tendidos, llenando el escenario con su imponente presencia, sabio fraseo y una zona alta de proyección casi tenoril. Verdi no iba a quedarse en el olvido y a excepción de un bonito detalle con “Non ti scordar di me” (algo que no haremos quienes estuvimos allí) fue el protagonista del resto de la velada. La escena completa de Don Carlo (Per me giunto…o carlo ascolta…morrò ma lieto in core) fue otro momento de enorme calidad, sumo gusto y fraseo incisivo a la par que lleno de intimismo y desgarro. Pero faltaba algo, uno de esos papeles que le catapultaron a la fama y que hoy por hoy sigue siendo su caballo de batalla. Hablamos, cómo no, de su Rigoletto, del que acaba de cumplir sus 500 representaciones en la Staatsoper de Viena. Su “Cortiggiani” sigue causando los mismos escalofríos de siempre, siguen intamovibles sus tics, sus notas, su tempo, su desesperación, su petición de clemencia, su “Marullo…signore…tu che hai l’alma genitl come il core. Dimmi tu dove l’hanno nascosta” tan lleno de verdad, y en definitiva, una pieza que lleva grabada a fuego. Pero como quien no quería la cosa, Nucci se salió del guión y en un dignísimo castellano recordó aquel fatídico bis del Teatro Real, y se lamentó por no poder repetirlo a falta de una soprano. Y yo, que soy antibises, me sorprendí buscando con la mirada a Maria José Moreno, sentada a un metro de mi, deseando que terminara por desatar al público- lo suficientemente enfervorecido ya-. Pero Nucci ya la había encontrado antes, y sin calentar (en un alarde mágico sin precedentes), se dirigió al escenario, donde curiosamente estaban repartidas las partituras del famoso dúo, brillando junto a su partenaire, con el que recientemente había coincidido en Galicia, ella subiendo al mib en dos ocasiones- sí, hubo bis del bis- y él, a esos lab tan redondos, tersos y largos que tanto le gustan. Resultado: Histeria colectiva. Y aún faltaba el Di Provenza. Circo?, extravagancias?, exceso de entusiasmo?, previsible?. Es posible. Pero los aficionados del ciclo de lied, tan aparentemente encorsetados, se levantaron al únisono una vez más, recordando aquellos lejanos 90, en los que los verdadedos divos eran los otros, los cantantes.

Autor: Arian Ortega.

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Chute verdiano coruñés.

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Recital Lírico. Palacio de la Ópera de A Coruña, 21/09/13. Gregory Kunde (Tenor), Juan Jesús Rodríguez (Barítono). Orquesta y Coro Gaos. Ramón Tébar (Director Musical). Arias y dúos de Giuseppe Verdi.

El Festival de Amigos de la Ópera de A Coruña, en su 61º edición, homenajeó ayer al compositor italiano, con un recital verdiano a cargo de dos de los cantantes más destacados de la actualidad. Gregory Kunde, aclamado en la ciudad gallega hace tres años, tras su fulgurante interpretación del Arnold rossiniano, volvía con una voz que indudablemente, ha cambiado, para mejor. Juan Jesús Rodríguez, quizás el mejor barítono español del momento, le dio perfecta réplica con un programa exigente y digno de las memorables galas estadounidenses de los años 70-90.

El Festival, bajo las órdenes de César Wonenburger, vuelve a poner de manifiesto la inteligencia con la que han ido avanzando a lo largo de estos años. Al habitual título escenificado, se le suma otro concertante, además de los recitales de grandes voces. Este año, Lucia di Lammemoor constituyó un atractivo al contar con la presencia de la soprano española Maria José Moreno, y la semana que viene, Eva Maria Westbroeck-que sustituye a la prevista Catherine Foster- adelantará su debut como Isolda, en lo que es sin duda, todo un honor para la asociación.

La dificultad del recital radicó, en primer lugar, en la inclusión de piezas, en especial las tenoriles, que no estamos acostumbrados a oir en la voz de un cantante como Kunde. Ya habíamos apreciado su evolución vocal a través de su Henri (“Le vêpres siciliennes”) y su Otello, pero sus cometidos como Don Carlo, Radamés y Manrico resultaron de lo más satisfactorio. Radamés lo conoce, pues hace escasas semanas lo llevó a Sao Paolo. Desde el recitativo previo, “Se quel guerrier io fossi”, se puso de relieve su presencia sonora, proyección segura y afinación puntualmente cuántica. Evitando alcanzar los apurados Fa del aria por medio de excesivos portamentos, llevó la pieza con brío y se recreó en un agudo final que intentó reducir de intensidad, como está escrito.

Antes, Juan Jesús se encargó de abrir boca con una imponente versión de la escena final de Macbeth. La nobleza en el canto del onubense casa a la perfección con el estilo declamatorio que exige Verdi. Lució un timbre hermoso y aterciopelado en toda la gama central de la tesitura, además del correspondiente despliegue sonoro que recuerda a los grandes barítonos del pasado. Esperemos que el debut en el papel venga más pronto que tarde. El dúo de Don Carlo, “È Lui desso, l’infante”, supuso el mejor momento de la primera parte. Pese a que la orquesta, de la que hablaremos más adelante, les ocasionó algún ligero problema de tempi, supieron remontarse en la segunda parte para cuajar un mano a mano realmente emocionante, mezclando el impoluto fraseo del andaluz, con los brillantes ascensos al agudo de Kunde, aún cuando el texto le jugó una breve mala pasada.

Juan Jesús siguió con Posa, en este caso con el aria “O Carlo ascolta…”, prescindiendo del recitativo, un mal acierto. Lograr evadirse de una torpe entrada de la orquesta, cogiendo el pulso justo y adaptarlo a tu vocalidad, no es tarea fácil, a menos que seas poseedor de una meditada técnica, como es el caso. Kunde cerró la noche con una magnífica versión del “Ah si ben mio…di quella pira”. Si el recitativo lo llevó con sumo gusto en el detalle y el legato en las largas frases, plenas de morbidez, en las que incluso domeñó el instrumento y se gustó en algún logrado trino, la cabaletta fue un momento de relieve que provocó un auténtico jolgorio en la sala. Basta decir que la cantó a tono, con el preceptivo Do#- nota límite ya, en la voz del estadounidense- y la ristra de semicorcheas que en cierto momento (“Empi spegnetela”) resulta complicado ligar si estuviera en manos de otro cantante.

Digno de todo elogio sería la escena de Arrigo de I Vespri siciliani, título que lleva defendiendo con orgullo desde su debut en Turín, siendo uno de los pocos tenores que se han atrevido a afrontar el papel, muchos menos si se da la partitura íntegra. Fascina a estas alturas, y aún con el lógico desgaste de una voz de casi 60 años, la holgura con la que proyecta el sonido, hasta el punto de eclipsar a su compañero, para nada una voz menor, en potencia. Ese momento en el que se debate entre el amor de un padre hasta entonces desconocido, y Elena, que remata en unos ascensos portentosos al Si natural, fáciles en la emisión y genuinamente brillantes.

Juan Jesús se vuelca de lleno, por contra, en un intenso “Cortiggiani” de Rigoletto, la página más lograda de todas. Nos decía en cierta ocasión, a raíz de una entrevista, que era el papel que más sentía (el hecho de ser padre ayuda) y que además estaba excelentemente escrito. Razón no le falta, pues la forma con la que acentúa las frases del malogrado bufón, contienen una carga de tensión pocas veces oída en teatro. Canto sano, pulcro, visceral, pero nunca forzado, ni siquiera en el aspecto escénico. Una delicia para los aficionados. Con el dúo de Otello (debutará el papel en Oviedo y Bilbao, la próxima temporada), además de una algo esforzada escena de Germont, dió por finalizada su cometido oficial del programa.

Kunde cerró de nuevo repitiendo el intenso “Dio mi potevi scagliar” que tan bien quedó en Valencia. El hecho de plantearlo en concierto no supuso ninguna merma, otorgando a cada parola el sentido estricto, en especial esas primeras frases, construidas todas sobre un arco unilateral. La bella forma con la que ligó, en un susurro, su “Ma…o pianto…o duol…”, empastó con el latigazo que impuso en “quel sorriso, quel raggio”“oh gioia”.

A modo de propinas, nos ofrecieron La donna è mobile, con cadenza y su largo si natural, un incólume “Balen del suo sorriso” y la repetición del dúo del Otello shakesperiano.

La orquesta y coro Gaos nacen hace escasos cuatro o cinco años, con miembros del conservatorio local, y es cierto que sus componentes son jóvenes- aunque no tanto como los de otras agrupaciones musicales del país-, por lo que hay conceptos, en especial en el joven Verdi, que todavía no consiguen asimilar. Para afrontar sus páginas, al margen de concertar y pulir el sonido- faltaba refinamiento por un tubo en los metales- se necesita de una madurez y densidad orquestales ahora mismo fuera de su alcance. Pese a todo, me lo habían pintado tan mal, que llegué a disfrutar esporádicamente, con la bonita gesta de los metales, en especial la flauta travesera y los oboes, además de la cuerda, oficiosa y con empeño, pero prólija en vibratto y en ocasiones con tendencia a desajustarse. A pesar de lo cual, la difícil obertura de I Vespri siciliani, si exceptuamos el final, en el que la orquesta se pasa de decibelios, tuvo detalles de mucha clases y regaló algunas pátinas de buen calado. Todo ello no hubiera sido posible sin la ayuda del joven director español Ramón Tébar. Una vez más, un director afincado en Estados Unidos, perteneciente a la Ópera de Miami, que apenas viene a dirigir a España. Sin su sobreesfuerzo en corregir a una orquesta que tiene aún largo recorrido, hubiera sido imposible sacar adelante un concierto de esas características. El coro respondió con correción en sus dos intervenciones (“Nabucco” e “I Lombardi”), prevalenciendo el color de las sopranos por encima del resto.

Arian Ortega.