Black el Payaso/I Pagliacci, crítica.

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PAYASOS CON SABOR PENINSULAR

Black el Payaso (Sorozábal)/I Pagliacci (Leoncavallo): Maria José Moreno, Jorge de León, Rubén Amoretti, Juan Jesús Rodríguez, Fabián Veloz, David Menéndez, Javier Galán, entre otros. Donato Renzetti, director musical. Ignacio García, director de escena.

De un tiempo a esta parte, conforme se acercaban las representaciones de este inusual programa doble, se nos han ido poniendo los dientes largos a los aficionados a la lírica de este país. Es inútil buscar un paraleslimo claramente definido entre dos obras que, cada una en su tiempo, no tienen nada que ver entre sí, más allá de la temática del mundo del circo y la farándula que impregna ambas partituras. Pero algo había que montar para no dejar la primera de ellas, sin pareja, como ya se hiciera en su estreno en el Teatro Espagnol, junto a Adiós a la Bohemia. La primera de ambas piezas, una gran desconocida, con escasas grabaciones con que comparar, volvía a subir al escenario de la Zarzuela a una de las sopranos espagnolas más importantes de nuestra generación: Maria José Moreno. Todo un ejemplo en el manejo de una voz sin superficialidades, límpida y natural en el decir, y cristalina en su distribución por el teatro. La parte queda algo grave para una soprano ligera de coloratura como la suya, afincada en el belcanto italiano, como dió muestra en Corugna o Valladolid, con Lucia di Lammemoor, uno de sus papeles más emblemáticos. En estos casos siempre se puede resolver de dos maneras. Forzando la máquina, algo lejos de las pretensiones de la cantante, o poniendo al servicio de un emotivo texto, un sonido brillantemente articulado. Como Nedda, papel que debutaba, uno de los más dramáticos que ha abordado, fue toda una revelación. No solo por su aria de salida, “Qual fiamma avea nel guardo”, sino por su intenso dúo con Silvio y su implicación en el desenlace final. Todo un logro para ella, del que nos alegramos enormemente.

Juan Jesús Rodríguez es uno de esos cantantes que verías sin dudar, por disparatado que fuera el papel. Si bien estaba previsto que se solapara su actuación como Black y Tonio, finalmente decidió repartir la tarea entre toda su tanda de funciones. La de Juan Jesús es una voy bella como pocas en la cuerda baritonal, a lo que se suma un sentido del fraseo exquisito. Rara fue la ocasión en la que tuvimos que alzar la vista en busca de subtítulos, pudiendo disfrutar simple y llanamente de una voy bien proyectada, esmaltada y cubierta en toda la tesitura, luciéndose en los cada vez más habituales pasajes líricos. Todo un lujo que no debería faltar en ninguna de nuestras temporadas.

Estupendo así mismo Rubén Amoretti, que dió perfecta réplica en el prólogo inicial, dos voces graves muy destacadas en estos tiempos. De Amoretti con mayor mérito si tenemos en cuenta que empezó a cantar de tenor, y ha ido creándose, de manera natural, una zona central estimable en armónicos y un sólido grave. Javier Galán, quien asumiera el papel protagónico en 2006, quedó relegado en este caso a la parte de tenor, construyendo la famosa romanza del Segador sobre una voz netamente lírica, algo muy curioso. Es verdad que le pone intenciones a su canto, algo monótono, pero los agudos restan un plus al ser algo complicados y apoyados todos ellos, sobre la “e”, de donde se escapan varios momentos algo embarazosos como “segader” o “mi emor”. Todo un lujo contar con la maestría de Emilio Gavira como maestro de ceremonias, un actor que jamás pasará desapercibido. La poyección además, envidiable.

En la corta ópera de Ruggero Leoncavallo, emparejada casi siempre con la Cavalleria Rusticana Mascagni, Jorge de León debutaba en esta ocasión como Canio, habiendo hecho Turiddu tanto en Valencia como en Milán, antes de llevarlo en estos meses a Pekín. Son muchos los papeles que ha ido incorporando progresivamente a su repertorio, y personalmente me congratula haber tenido la oportunidad de oírselos todos. Jorge es claramente un tenor spinto con todas las de la ley, esos que poblaban décadas atrás los planteles de la gran mayoría de teatros. Esa concepción del canto alla antica, con sus virtudes y carencias, es el que venimos reclamando agno tras agno los amantes de las grandes voces, y eso es precisamente lo que se encuentra en un material robusto, genuinamente proyectado, agudos rematados en punta, de brillo extraordinario y que aún restallan en los oídos. Una ampulosa voz que si bien peca de lo que comentamos, de decibelios aumentados y escaso refinamiento tímbrico, merece la pena escucharse. No todos los días se oye un “A ventitré ore” ni un “Vesti la giubba” sin desear que acabe el sufrimiento del tenor de turno. Aquello le valió una merecidísima ovación como peticiones de bis.

Fabián Veloz nos pareció un Tonio severo y tosco, de material caudaloso pero aburrido a los diez minutos. No compartimos el entusiasmo y vemos con reservas su cometido como Black. El asturiano David Menéndez se revalorizá a cada paso que da, luciendo un hermoso timbre y un material de quilates al que únicamente le falta limar alguna aspereza en el extremo agudo. Como actor no pudo estar más implicado. Miguel Borrallo afrontó con gusto el papel de Arlecchino.

Donato Renzetti se puso al frente de la orquesta de la Comunidad y su labor general fue muy satisfactoria, de mayor contingencia quizá en la obra de Sorozábal, que servió para acentuar otros momentos de la partitura como ese estupendo prólogo inicial, la romanza del tenor o cada una de las intervenciones de Black, en las que Juan Jesús respondió con autoridad. El coro no tuvo una buena noche el día del estreno, sonando destemplado y a destiempo. La sección femenina tuvo momentos calantes, esperemos que se resuelva en posteriores funciones.

Chute verdiano coruñés.

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Recital Lírico. Palacio de la Ópera de A Coruña, 21/09/13. Gregory Kunde (Tenor), Juan Jesús Rodríguez (Barítono). Orquesta y Coro Gaos. Ramón Tébar (Director Musical). Arias y dúos de Giuseppe Verdi.

El Festival de Amigos de la Ópera de A Coruña, en su 61º edición, homenajeó ayer al compositor italiano, con un recital verdiano a cargo de dos de los cantantes más destacados de la actualidad. Gregory Kunde, aclamado en la ciudad gallega hace tres años, tras su fulgurante interpretación del Arnold rossiniano, volvía con una voz que indudablemente, ha cambiado, para mejor. Juan Jesús Rodríguez, quizás el mejor barítono español del momento, le dio perfecta réplica con un programa exigente y digno de las memorables galas estadounidenses de los años 70-90.

El Festival, bajo las órdenes de César Wonenburger, vuelve a poner de manifiesto la inteligencia con la que han ido avanzando a lo largo de estos años. Al habitual título escenificado, se le suma otro concertante, además de los recitales de grandes voces. Este año, Lucia di Lammemoor constituyó un atractivo al contar con la presencia de la soprano española Maria José Moreno, y la semana que viene, Eva Maria Westbroeck-que sustituye a la prevista Catherine Foster- adelantará su debut como Isolda, en lo que es sin duda, todo un honor para la asociación.

La dificultad del recital radicó, en primer lugar, en la inclusión de piezas, en especial las tenoriles, que no estamos acostumbrados a oir en la voz de un cantante como Kunde. Ya habíamos apreciado su evolución vocal a través de su Henri (“Le vêpres siciliennes”) y su Otello, pero sus cometidos como Don Carlo, Radamés y Manrico resultaron de lo más satisfactorio. Radamés lo conoce, pues hace escasas semanas lo llevó a Sao Paolo. Desde el recitativo previo, “Se quel guerrier io fossi”, se puso de relieve su presencia sonora, proyección segura y afinación puntualmente cuántica. Evitando alcanzar los apurados Fa del aria por medio de excesivos portamentos, llevó la pieza con brío y se recreó en un agudo final que intentó reducir de intensidad, como está escrito.

Antes, Juan Jesús se encargó de abrir boca con una imponente versión de la escena final de Macbeth. La nobleza en el canto del onubense casa a la perfección con el estilo declamatorio que exige Verdi. Lució un timbre hermoso y aterciopelado en toda la gama central de la tesitura, además del correspondiente despliegue sonoro que recuerda a los grandes barítonos del pasado. Esperemos que el debut en el papel venga más pronto que tarde. El dúo de Don Carlo, “È Lui desso, l’infante”, supuso el mejor momento de la primera parte. Pese a que la orquesta, de la que hablaremos más adelante, les ocasionó algún ligero problema de tempi, supieron remontarse en la segunda parte para cuajar un mano a mano realmente emocionante, mezclando el impoluto fraseo del andaluz, con los brillantes ascensos al agudo de Kunde, aún cuando el texto le jugó una breve mala pasada.

Juan Jesús siguió con Posa, en este caso con el aria “O Carlo ascolta…”, prescindiendo del recitativo, un mal acierto. Lograr evadirse de una torpe entrada de la orquesta, cogiendo el pulso justo y adaptarlo a tu vocalidad, no es tarea fácil, a menos que seas poseedor de una meditada técnica, como es el caso. Kunde cerró la noche con una magnífica versión del “Ah si ben mio…di quella pira”. Si el recitativo lo llevó con sumo gusto en el detalle y el legato en las largas frases, plenas de morbidez, en las que incluso domeñó el instrumento y se gustó en algún logrado trino, la cabaletta fue un momento de relieve que provocó un auténtico jolgorio en la sala. Basta decir que la cantó a tono, con el preceptivo Do#- nota límite ya, en la voz del estadounidense- y la ristra de semicorcheas que en cierto momento (“Empi spegnetela”) resulta complicado ligar si estuviera en manos de otro cantante.

Digno de todo elogio sería la escena de Arrigo de I Vespri siciliani, título que lleva defendiendo con orgullo desde su debut en Turín, siendo uno de los pocos tenores que se han atrevido a afrontar el papel, muchos menos si se da la partitura íntegra. Fascina a estas alturas, y aún con el lógico desgaste de una voz de casi 60 años, la holgura con la que proyecta el sonido, hasta el punto de eclipsar a su compañero, para nada una voz menor, en potencia. Ese momento en el que se debate entre el amor de un padre hasta entonces desconocido, y Elena, que remata en unos ascensos portentosos al Si natural, fáciles en la emisión y genuinamente brillantes.

Juan Jesús se vuelca de lleno, por contra, en un intenso “Cortiggiani” de Rigoletto, la página más lograda de todas. Nos decía en cierta ocasión, a raíz de una entrevista, que era el papel que más sentía (el hecho de ser padre ayuda) y que además estaba excelentemente escrito. Razón no le falta, pues la forma con la que acentúa las frases del malogrado bufón, contienen una carga de tensión pocas veces oída en teatro. Canto sano, pulcro, visceral, pero nunca forzado, ni siquiera en el aspecto escénico. Una delicia para los aficionados. Con el dúo de Otello (debutará el papel en Oviedo y Bilbao, la próxima temporada), además de una algo esforzada escena de Germont, dió por finalizada su cometido oficial del programa.

Kunde cerró de nuevo repitiendo el intenso “Dio mi potevi scagliar” que tan bien quedó en Valencia. El hecho de plantearlo en concierto no supuso ninguna merma, otorgando a cada parola el sentido estricto, en especial esas primeras frases, construidas todas sobre un arco unilateral. La bella forma con la que ligó, en un susurro, su “Ma…o pianto…o duol…”, empastó con el latigazo que impuso en “quel sorriso, quel raggio”“oh gioia”.

A modo de propinas, nos ofrecieron La donna è mobile, con cadenza y su largo si natural, un incólume “Balen del suo sorriso” y la repetición del dúo del Otello shakesperiano.

La orquesta y coro Gaos nacen hace escasos cuatro o cinco años, con miembros del conservatorio local, y es cierto que sus componentes son jóvenes- aunque no tanto como los de otras agrupaciones musicales del país-, por lo que hay conceptos, en especial en el joven Verdi, que todavía no consiguen asimilar. Para afrontar sus páginas, al margen de concertar y pulir el sonido- faltaba refinamiento por un tubo en los metales- se necesita de una madurez y densidad orquestales ahora mismo fuera de su alcance. Pese a todo, me lo habían pintado tan mal, que llegué a disfrutar esporádicamente, con la bonita gesta de los metales, en especial la flauta travesera y los oboes, además de la cuerda, oficiosa y con empeño, pero prólija en vibratto y en ocasiones con tendencia a desajustarse. A pesar de lo cual, la difícil obertura de I Vespri siciliani, si exceptuamos el final, en el que la orquesta se pasa de decibelios, tuvo detalles de mucha clases y regaló algunas pátinas de buen calado. Todo ello no hubiera sido posible sin la ayuda del joven director español Ramón Tébar. Una vez más, un director afincado en Estados Unidos, perteneciente a la Ópera de Miami, que apenas viene a dirigir a España. Sin su sobreesfuerzo en corregir a una orquesta que tiene aún largo recorrido, hubiera sido imposible sacar adelante un concierto de esas características. El coro respondió con correción en sus dos intervenciones (“Nabucco” e “I Lombardi”), prevalenciendo el color de las sopranos por encima del resto.

Arian Ortega.