Prima la musica, poi il cello.

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“AMORE E MORTE DELL’AMORE (Perle vocali del barocco italiano)”

Sonia Prina (contralto), Roberta Invernizzi (soprano). Ensemble Claudiana. Mathieu Rouquié (violonchelo), Margret Koell (Arpa triple), Luca Pianca (laúd y director musical). 24/04/14. Instituto Italiano de Cultura de Madrid.

Continuando con el prolífico repaso de las obras de Domenico Scarlatti, que el Instituto Italiano de Cultura de Madrid ha programado durante las últimas temporadas, el pasado jueves le llegó el turno a la inspiración vocal. No es de extrañar por tanto, que numerables aficionados de la lírica madrileña, algunos insignes, se acercaran al acto. El concierto tuvo como núcleo central, el reciente disco que Sonia Prina y Roberta Invernizzi acaban de publicar para el sello Naïve. En él, nos proponen un recorrido por los dúos menos representativos, acaso ignoti del periodo barroco, desde Monteverdi (1567-1643) hasta Händel (1685-1779).

Es digno de elogio que el Instituto haya apostado por este desvío en la gira para treaernos un recital que suscitaba interés para los amantes de las rarezas. El programa se abrió con cuatro piezas de ese genio creator que fue Monteverdi. Servida la primera de ellas, “Vorrei baciarti”, como preparación, con una destacable smorzatura con regulador por parte de Prina, llegamos al dúo más sensual de la producción monteverdiana: “Pur ti miro” (L’incoronazione di Poppea). Antes tuvimos la oportunidad de oir las “Interrumpidas esperanzas”, en las que el nivel de Prina seguía un escalafón por encima de Invernizzi, cuyo grave, siempre forzado, le perjudicaba la emisión para colocar el sonido arriba. Obtuvo mayores elogios con su Poppea, donde el sonido sonó mas puro, sin tantas veladuras. Es sin duda una cantante musical y metódica en las melodías, pero las intenciones se esfuman cuando alcanza la zona del pasaje y primer agudo. Ocurre que en voces con muchos armónicos, se llega a confundir un agudo pleno con un falsete reforzado. Es por ello que la sala y el repertorio influyan a la hora de escuchar con nitidez un timbre tan particular. Sonia Prina posee en cambio un material más saneado y natural. Su admirable presencia en escena le hizo valedora de un gusto inatacable como Nerone. La voz sonó timbrada, tersa y el juego de colores resultó adecuado al texto. Incluso intercaló un bellísimo trino sobre la “i” en “l’idol mio”. Toda una declaración de intenciones.

El trío de cuerda fue el encargado de dar unos minutos de respiro a las cantantes con la Sonata para chelo y continuo de Domenico Gabrielli. Si algo tienen de particular los conciertos, digamos, menos mediáticos, es que a menudo encuentras artistas que en una orquesta pasarían desapercibidos. Sin desmerecer por tanto, ni al arpa ni al laúd, de los cuales hablaremos más tarde, estamos en la obligación de destacar a Mathieu Rouquié. La sonata da amplio juego al chelo, que domina practicamente los cuatro movimientos. Jacquier sabe perfectamente como frotar el arco de manera refinada, coherente en sentido estricto y acorde al fraseo. Pocas veces habremos oído con tanta nitidez la pureza del sonido de este instrumento y nos congratula saber que hay vida más allá del pizzicato con el que algunos compositores románticos le castigan. El vibrato fue el justo, el staccato bien percutido, sin traicionar el volumen y el allegro final fue una delicia para el oído. Todo un descubrimiento.

De Händel nos llegaron dos piezas. La primera resultó “Sono liete, fortunate”, con una buena prestación de Invernizzi (“Crudeltà da lontananze”) en los ataques en piano, bien apoyados y de mejor posición. Los pasajes de bravura se resolvieron con satisfacción y buen uso diafragmático en ambos casos. Hubo además, una sicronización muy respetuosa por parte de las solistas, sabiendo administrar sabiamente los silencios.

A continuación, dos breves sonatas de Scarlatti, que se hizo de rogar, bien ejecutadas por Koell y Pianca. Ambos se conjugaron en un preciso juego de intensidades y rubatos, bien servido por el laúd en el allegro, precedido por el arpa.

Llegado el punto final del concierto, apareció la mejor Invernizzi con el agudo ya liberado y mejor definida la cobertura del pasaje. Hubo que esperar, aunque mereció la pena para la propina ofrecida. Se trató de “Addio mio caro ben” del Teseo del mismo Händel. Invernizzi metió más aire y el sonido flotó más que empujó. Prina dio replica perfecta pese a estar aquejada de alguna aislada tos que en ningún caso perjudicó su canto. Pero pese a todo, como reza el título, prevaleció la música. Y el cello.

Autor: Arian Ortega.

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